Observaciones y Manías

Era tarde. Casi las ocho. Pensaba en manías, en la manía de las mujeres de cogerse el pelo en clase de biología mientras todas desnudaban su nuca por el calor, subiendo su pelo en una especie de bollo y apretado con un lápiz de carbón. 8:45 pm. Noche clara. Ruido. La manía de la gente en Cali por pitar en cada esquina, en cada cruce, en cada semáforo.
Decidí salir a comer algo y hacer un ejercicio de observación a ver que tanto sucumbían mis amigos a estos bizarros comportamientos. Mientras alimentaba mi organismo con un delicioso arroz Thai, mi compañero de cena lidiaba una minúscula batalla en su plato. Sin comprender comencé a observar su meticulosa operación y observe como sus palillos caían con potencial furia sobre trozos de zanahorias, pimentones y cebollas que luego eran arrojados a un rincón del plato para ignorarlos durante el resto de la faena alimenticia. ¡Manía! Me dije. Le pregunte sobre su frívolo comportamiento a lo cual respondió que desde pequeño tenía la costumbre de sacarle los vegetales a la comida. Lo observe con frialdad.
Aquellos minúsculos comportamientos resultaban en traumas, a veces algo asquerosos. Como aquella vieja amiga que coleccionaba condones usados en una guitarra sin uso, colgada en la pared de su cuarto. Me disponía a fumarme un cigarrillo acompañado de otra querida amiga cuando observé como con diabólica precisión se arrancaba algunos cueritos secos que le colgaban del labio. Recordé que era un comportamiento recurrente durante las clases tan pronto sus labios estaban resecos. Un poco molesto la interrumpí, le dije -“Estas sangrando”- y ella, completamente zombie me respondió –“Donde?” mientras continuaba despellejando su labio inferior con una especia de alicate que había hecho con sus dedos pulgar e índice.
Chocante o no, me consideraba fuera de esa corriente malsana de manías. Recordé una tarde, con una amiga buscando unos canastos de mimbre. De pronto vi como la invadía una especia de urgencia física, cada vez la veía más pálida, más temblorosa, así que le pregunte si estaba bien, ella me respondió -Necesito un baño urgente- Y yo, con tranquilidad observé –Mira, allí hay uno, ¿por qué no vas?- A lo que respondió indignada –El único baño valido es el de mi casa!- Quedé un tanto sorprendido de ver como la afectaban los retorcijones y se ponía cada vez más helada, hasta que salimos corriendo para su hogar, donde pudo cambiar de colores con tranquilidad.
Manías. Comportamientos aislados de mí. Pensaba. Apartado de estas extrañas conductas, mí cabeza se llenó de diferentes situaciones donde era testigo de cómo muchos amigos, llevados por estos trances temporales hacían que sus personalidades cambiaran de color, así que tuve una revelación. Recordé a aquel amigo que escupía sus arepas para que nadie le pidiera en los recreos del colegio, a mi primo que durante las pausas de largas jornadas de videojuegos se devoraba las uñas de los pies, a otro amigo que solía oler su ropa interior luego de usarla en Ed. Física, etc. Flotaban por doquier pero aún así fuera de mi universo. No tenía en mi vida algo parecido a una manía. Me sorprendió la hora. 9:45 pm. No podía continuar sin tomar mi tinto de las 10 pm.


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