Configurando estados



-Ya no podes controlar el alcohol. La última vez cometiste más imprudencias de lo necesario. -

Yo lo miraba desde la cama. Miraba las palabras salir de su boca silaba por silaba. No escuchaba su voz. Había aprendido a ignorarlo con el tiempo. Lograba que mi cuerpo lo anulara en momentos donde no quería entrar en ningún tipo de relación con él.

-Sal de mi cuarto- susurré con plena discapacidad alcohólica. Tenía un guayabo tumultuoso. El dolor se agolpaba en mi frente. La cabeza quería estallar. Se sentó sobre la cama y acaricio mi pie, lo único que se veía de mí. Todo me daba vueltas. Miraba una montaña de libros que estaba empacando desde hace tres meses para mudarme de nuevo. Reconocí desde lejos la historia de Leonor de Aquitania. Que rico ser Leonor en este momento y enviar por algunas sirvientas que ayudaran a levantarme de aquí para poder enviar al patíbulo a Martín.

-Sabes que ese es el peor consuelo que podes conseguir- volvió a dirigirse a mí. Esta vez lo empuje con el pie tumbándole de la cama.

– No estoy buscando ningún consuelo con el licor. Me gusta embriagarme y punto.- le respondí mientras decidía meterme a la ducha.

Alcoholizarme no era algo nuevo. Ni algo inútil. La vida era lo bastante simplona como para conformarme con verla tal cual era. Me aburría la pasividad del mundo. Lo vacío e hipócrita de los demás. Solo encontraba un refugio rapaz en mis compañeros de juerga y en el trago de licor.

– Porque no te vas para tu casa. Si me mude fue porque no quería verte más. Porque no considero importante tu opinión repetida de mis asuntos.- Hablaba a solas en la ducha. Tenía la mente vacía. Tenía decepciones agobiantes. Vacíos que llenar según mi sicólogo. –Vacíos que llenar- repetía esa frase de cajón mientras me secaba. La primera vez que la escuche fue en la adolescencia. Sonreí.

-Son las tres. Tienes media hora para llegar. ¿Qué son estos libros? ¿Estas investigando algo en especial?- Martín pasaba las páginas de los libros con desdén. Yo lo miraba con un poco de rabia. Me tumbé en la cama. Había un vaso de agua en el suelo. Seguro de él. Traté de meter mi mano entera en el vaso de agua helada. Era reconfortante, como si fuera la raíz de un antiguo árbol vagabundo, que aun podría caminar en el bosque y que se le había olvidado como meter la raíz de nuevo.

-¿Estás leyendo esta basura?- me gritó sorprendido. Esforcé una postura compleja para poder mirar que libro tenía entre las manos. “Guilles de Rais: Confesión”– No es basura, es la biografía de uno de los hombres más corruptos en la historia de la humanidad. Vos sabes que tengo una fijación por la decadencia y esas cosas llevadas a la máxima expresión- le respondí. Mi mano no cabíaen el vaso. El agua empezaba a derramarse. Mi paciencia también. Odiaba que estuviera allí. Necesitaba que estuviera allí.

-¿Cuántos niños son?- pregunté. –Son cuarenta creo… más o menos. Hay mentas en el carro para que no llegues con tanto tufo.- me respondió mientras tiraba el libro lejos de él. Como huyendo de una pesadilla. Estoy incapacitado para narrar. Los niños son muy diferentes ahora. Parecen adultos sin humanidad. Todo debe tener una respuesta. Una razón. Un fin. Encendí un cigarrillo mientras miraba por la ventana. Había una valla nueva que se veía a lo lejos promocionando el nuevo libro del gurú del crecimiento personal más leído. Decía “Crecer y Madurar”.

La cara de los niños. El ruido suficiente. Todos a la expectativa de algún sonido de mi boca. Recordé una breve historia que involucraba un árbol vagabundo y curioso. Me la había narrado mi papa tiempo atrás. En aquella época no podía dormir si no mantenía presionado el lóbulo de la oreja de alguien. Era como una especie de atadura para que no me dejaran solo durante la noche. Solo me quedaba dormido aferrado a ese minúsculo trozo de carne paternal.

Mire a los niños. Algunos con la cabeza agachada en su celular. No se veían como niños. Busque un cigarrillo en mis bolsillos. Martín me miró con severidad. Respire con profundidad y empecé a narrar lo primero que se me ocurrió:

-Albert observaba a los humanos hace algún tiempo. Siempre contenía un nebuloso terror en el fondo cada vez que uno de ellos se atravesaba en su camino. Albert no sabía cómo comportarse y solo hacia una especie de crujido con las ramas que ahuyentaba a aquellos que deambulaban cerca, cargados de terror. Albert veía como se alejaban, como se movían, como gritaban y agitaban sus brazos. Se sentía feliz de ver que se perdían en el horizonte. Entonces extendía sus ramas al sol, abría sus hojas y se ponía verde de felicidad.

Un día se había quedado profundamente dormido y de pronto sintió pequeños piececitos que caminaban y brincaban en su cuerpo. Eran unos niños humanos que, agobiados por el calor de verano habían bajado a la laguna a jugar colgando de sus ramas cuerdas que usaban para saltar hasta ella. Albert se mantuvo en silencio. Estaba petrificado de terror imaginando que pronto decidirían arrancar sus ramas, orinar en sus raíces o peor aún, prender fuego cerca de él.

Hace años que vivía al lado la laguna y desde entonces solo había visto humanos pasar cerca y huir. El bosque era oscuro y tenebroso pero a estos niños parecía no ocasionarles ningún temor. Albert solo tenía un amigo con el que conversaba. Un cuervo que vivía en la parte alta, donde los hombres, y que a veces le llevaba objetos y cosas que robaba en la pequeña villa. Oh cuanto quería Albert poder llamar al cuervo para que espantara a estos muchachitos impertinentes.

El temor de Albert por los humanos lo tenía desde que era solo un retoño. Tiempo atrás, la laguna y él mantenían una estrecha relación pues hablaban y se hacían compañía. La laguna fue la primera que le hablo de los hombres. Algo negativo.

La laguna tenía un afluente que venía desde lo alto de la montaña, donde los hombres tenían su villa y algún día, la laguna alarmada le contó: -Arriba han llegado los hombres. Han empezado a talar y han abierto campo con todas sus fuerzas. El espíritu de la montaña se ha alejado de nosotros. Le han cortado el camino. Estamos indefensos.- Albert no sabía que era un hombre. –Son los demonios del valle que están colonizando las montañas.- le respondió la laguna. Tiempo después la laguna había cambiado de color, de forma, se había vuelto silenciosa. El espíritu de la laguna se había eclipsado poco a poco desde que los hombres habían llegado a lo alto. Su afluente se había contaminado con la basura de los hombres. Albert estaba solo.-

-¿Y los demás arboles? ¿Por qué no hablaba con los otros árboles del bosque?- interrumpió una pequeña de trenzas negras y ojos cafés.

-Albert era un árbol de otra especie. Era un foráneo en ese bosque de cedros. No conocía el idioma de los cedros.

-¿Y cómo llego hasta allí? ¿Caminando? – pregunto perspicaz otro niño de ojos color azul y pelo rojo. Tenía una incandescente camiseta amarilla.

-Hmm… Está bien. Albert era un árbol curioso que había abandonado su bosque, enamorado de una pequeña cierva que siempre pastaba cerca de él. Se habían prometido amor eterno. Algún día la cierva quería cambiar de bosque pues sus frutos ya no le parecían tan ricos y sus pastos le sabían insípido. Así que Albert decidió caminar un poco…

-Pero…- Interrumpió de nuevo la chica trenzada.

-Sí, Albert sabía caminar. Había aprendido a sacar las raíces desde muy chico. Cuando empezó a temerle a los hombres. Se cambiaba de lugar a veces. Buscaba algo mejor. Otra cierva tal vez. Los árboles son seres complejos. Las ciervas, promiscuas…

Martín me miró con los ojos muy abiertos. Sabía que debía callarme o terminar la historia o comportarme o tratar de cambiar de “idioma”. Un gran barullo se formó en la habitación. Los niños se comportaban como en recreo. Decidí que yo también merecía un recreo de ellos y me levante a buscar un café. Necesitaba ese cigarrillo.

-¡Ya sé que es promiscuo!- gritó un niño emocionado mientras levantaba su celular con conexión a Google. Algunos padres se sintieron ofendidos y levantaban a sus hijos para salir de allí. Otros solo reían.

Un padre me detuvo y pregunto que si así eran todas mis historias. Lo mire detenidamente. –Algunas veces soy Albert, otras como la cierva. La vida es compleja ya ve usted.-

Caminé hacia la cafetería. Martín venía detrás.

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