Ansiedad
Dos horas después. Noche en vela suena el celular. No suena. Vibra cerca de mi mano. Aun mantengo cierto dolor latente del pensar que se va a ir arrebatado de mi lado. Sí. Él. Sin sonido, como en las pesadillas. Una molestia que aun las pastillas no logran alejar. Tengo su vieja camiseta de I Love Paris. La uso para dormir. Es una especie de intimidad. Una falacia que me trago con el calor del colchón.
Advierto la hora. Lo escucho. Le veo caminar en el parque húmedo. Sus zapatos hundiéndose en el lodo mientras escucha como suena el celular del otro lado. Luego, mi voz. Sus manos heladas, una en el bolsillo de su pantalón apretando el reproductor nuevo y la otra sosteniendo la comunicación. Seguro esta de blanco. Su color favorito es el blanco. No lo recuerdo. Lo escucho y sonrío. Lo escucho y suena a gris, a lluvia fresca contenida en la raíz de ese viejo árbol del parque.
Sostenemos la conversación tres minutos y medio. Comienzo a armar un patrón general. Tengo expectativas. Las sostengo. Las desecho. No hay porque tener expectativas, por poco olvido mi nuevo credo de “no esperar”. El tiempo es corto; la vida, prestada; soy un espíritu que vino a vivir experiencias humanas, a llenarme de emociones humanas, de recuerdos humanos. Sueno convencido de canibalismo. Colgamos. Tengo ansiedad. La novedad es siempre ansiedad.


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