Dejando
-No lo se... creo que todavía estoy a cargo de eso.- La noche llegaba hasta mis pies. Era verano y estaba húmedo y gris. Había llovido.
-La última presentación estuvo muy cruda, creo que has estado distraído. No necesitamos pensamientos ni corazones regados por aquí. Vos sabes. Tiempo. Dinero. - Jorge hablaba autoritario. Había expuesto sus últimos bolsillos en la exposición y se habían vendido solo un par de fotos. La gente es muy caustica por aquí. No tienen una sensación en la piel que les hable sobre lo que ven. No tiene olfato. Están desgastados por tanta cocaína.
-No lo creo. Al menos tengo más confianza en mí mismo. Creer en uno es algo difícil. Una idea distante. Utópica. Son cosas que se ven tan externas. Difícil de sentir. Difícil de vivirlo.- Fumaba mientras miraba la cara de Jorge observando el montaje.
La noche anterior me había comportado como un idita. Llevaba tres semanas sin tomarme un trago. Pero la cabeza me dolía, me dolía el pecho de sinceridad, de travieso. No llegaba lejos. La decadencia podía olerme desde lejos, desde debajo de las sabanas. Podría detectar mi aliento fresco. Era una corriente desesperante, un afán. Encendí otro cigarrillo antes de que perdiera la vida, el impulso, las ganas.
-La última presentación estuvo muy cruda, creo que has estado distraído. No necesitamos pensamientos ni corazones regados por aquí. Vos sabes. Tiempo. Dinero. - Jorge hablaba autoritario. Había expuesto sus últimos bolsillos en la exposición y se habían vendido solo un par de fotos. La gente es muy caustica por aquí. No tienen una sensación en la piel que les hable sobre lo que ven. No tiene olfato. Están desgastados por tanta cocaína.
-No lo creo. Al menos tengo más confianza en mí mismo. Creer en uno es algo difícil. Una idea distante. Utópica. Son cosas que se ven tan externas. Difícil de sentir. Difícil de vivirlo.- Fumaba mientras miraba la cara de Jorge observando el montaje.
La noche anterior me había comportado como un idita. Llevaba tres semanas sin tomarme un trago. Pero la cabeza me dolía, me dolía el pecho de sinceridad, de travieso. No llegaba lejos. La decadencia podía olerme desde lejos, desde debajo de las sabanas. Podría detectar mi aliento fresco. Era una corriente desesperante, un afán. Encendí otro cigarrillo antes de que perdiera la vida, el impulso, las ganas.
Queria estar solo... Le tenía miedo. Antes le tenía miedo. Pero ya no. Estaba descorazonado. Ya no me sentía morir. Todavía sentía espacio para muchas más cosas. Siempre me preguntaba si habían enterrado a Lucia con zapatos. Si le había tocado caminar en el más allá con sus pies desnudos y blancos. No creo que le importe. Fumaba y caminaba. No tenía miedo de encontrarme con lo inesperado, con lo absurdo. La noche me conocía muy bien. Sabía el sonido de mis pasos. El sabor de mi sangre. Pasaba por los mismos caminos de siempre. Cines vacios. Panaderías llenas de vagabundos durmiendo sobre las migas con dolor de hambre. Soledad. Ya nada me extrañaba. Sonreía con ganas mientras veía la noche pasar sobre mí.
Había una película de terror. Quería verla, quería alimentarme del miedo de los demás.



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