Estancia y confesión


-Ha pasado mucho tiempo... creo que la última vez tenías el cabello algo rojizo -  Helena miraba el horóscopo.  Se percataba de mi presencia a su lado por mis pies y mi olor.  Levanto la mirada para comprobar que mi cabello lucia diferente y se cubrió el rostro como si una fuerte luz saliera de mí.   Mantenía esta manía de protegerse los ojos cuando le visitaba.  A veces, incluso, usaba lentes de sol mientras estaba junto a ella.

-No. Lo tenía igual. Nunca me he cambiado el color de pelo. - Helena olvidaba todo.  Su memoria tenía un tope de 15 días máximo.  Me senté a su lado.   Fumábamos.  Estábamos en la silla sin espaldar.  La tarde se apresuraba a desaparecer coloreando todo de rojo.  El rojo no era un mal color para mí.  Creo que era el color de mi signo zodiacal.   Escorpión... Escorpión.  ¿Qué tantos problemas me ha traído ser un escorpión?...

-Dice que eres apasionado, con gran autocontrol...- Helena siempre me leía el zodiaco.  Nunca le había prestado atención hasta aquel momento que pronuncio "autocontrol".  Apreté el cigarrillo con los dientes recordando que carecía totalmente de esta habilidad.  Me había entregado hace mucho a dejarme llevar hasta las últimas consecuencias.  ¿Apasionado?  Bueno, diría que me entrego "apasionadamente" hasta las últimas consecuencias.

-Creo que eso ya lo sabía... lo de autocontrol no.  He perdido la capacidad de alejarme de los placeres.  Me acerco demasiado.  Me dan ganas de verlos a la cara y devorarlos.  Con ansias casi sicópatas.  Me da tanta hambre de placer como de comer...-  En ese momento alguien me pellizco el hombro.  Era Andrea que pasaba por allí.

-Pero... ¿Cómo sabes que...?

-Tu carro estaba afuera y me dije, ya que es sábado y está por aquí parqueado deberíamos ir a tomar algo de licor al sitio nuevo que abrieron, ¿te parece?  Ayer estuve en ese barcito que queda como en un quinto piso, pero es bastante impopular aun, no soporto esos lugares donde se paga tanto por todo, ¿cuál es el fin? ¿Ahuyentar algunos personajes delicioso que tienen porte pero no tienen con qué pagar una cerveza? Bueno, eso sí, menos mal me encuentro contigo, porque tengo ganas de un Martini...

-... No creo que vaya a salir hoy, estoy...

-Seguramente estás en tu etapa depresiva ya que viniste a hablar con Helena, creo que eres el único que la visita desde entonces, pero esta práctica me encanta, venir a desahogarte con alguien que nunca recuerda ni un ápice de tu conversación, es como mi computador, mira, tiene un software que cuando lo apago se borra todo! todo! es magnífico! nunca me entra un virus.  A Helena tampoco, así no se intoxica con los problemas de nadie.

-¿Quién eres?- Helena lo miraba con curiosidad de niña.  Fruncía el ceño mientras le punzaba sus tennis plateados con un lápiz.

-Helena, soy la parte de tu cerebro que le gusta divertirse.  Renuncie a ti y ahora tengo forma humana y puedo tener acceso carnal con otros humanos.  Puedo sentir físicamente lo que antes solo me estimulaba como una especie de chispa.  Ahora todo lo veo y lo saboreo y lo disfruto!!! Y... Hey!-  

En ese momento Helena lo miró ruborizada y hundió el lápiz en su zapato, atravesando la delicada piel de cuero brillante y plateado, lo hizo como si de pinchar un globo se tratara.  Pero la punta del lápiz fue más allá y atravesó la tostada piel de Andrea, rompiendo algunas venas a su paso e inundando su media con sangre fresca.   Helena no se detuvo hasta que el lápiz se topó con la suela del zapato al otro lado del pie.  Andrea se había quedado paralizado con una pasiva expresión de dolor.  Sin emitir quejido alguno observaba como la sangre brotaba por el borde del zapato formando un delicado y espeso charco que más bien parecía chocolate y no sangre.   Por último, Helena torció el lápiz hacia un lado rompiéndolo y dejando la mitad alojada entre músculos y huesos.  Andrea emitió un pequeño chillido y cayó de espaldas sobre un jardincillo precario de flores amarillas en forma de maíz.

Los paramédicos de la clínica llegaron rápidamente a socorrer a Andrea que lucía senil, con la mirada clavada en las estrellas mientras lo acomodaban en una camilla.  A esa hora, Helena reposaba en su cuarto con una buena dosis de calmantes.  Se había puesto a gritar como loca y a saltar sobre el pequeño charco de sangre chocolatosa.  Yo me fumaba un cigarrillo mientras recorría con la mirada el rastro de huellas de sangre y se veían con ritmo, con gracia.  Sentí la necesidad de levantarme y acomodar mis pies en cada una de las manchas para seguir una especie de danza mística.  Sonó mi celular.   

-Hola, ¿ya te sacaron el pequeño detalle que te dejó tu antigua dueña Don extensión de la diversión? – Era Andrea... parloteaba con rapidez.  Yo apagaba mi cigarrillo en una de las pequeñas manchas y alargaba mi pie para calzarlo con otra de esas huellas.   El olor a sangre me dio sed.  Necesitaba un Martini. 

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