Arena en los dientes

La mujer tomó mi mano.   Al otro lado de la mesa, una interminable fila de cuerpos se apilaban sobre toallas de colores tostándose la piel.  Texturas brillantes de bronce.  Otras áridas y grises.  La jovialidad no estaba en furor en esa playa.  Al final de la fila estaba sentado un ser con una copa de oro con sombrillas, piñas y cosas encima.   Piernas largas sin pelo.  Ropa límpida.  Camisilla transparente. Tobillos al aire y descalzo.  Entre sus clavículas brillaba con fuerza la silueta de un murciélago de plata sostenido de un lazo negro que rodeaba su cuello.   Lo miré con deseo palpable.  La mujer apretó mi mano como advirtiendo mi falta de atención hacia el futuro que las líneas de mi piel deparaban para mis noches y días.

Mire sus manos por primera vez.   Largas uñas negras recorrían con suavidad cada surco de mi palma.  Recorrían un mapa, como una aguja leyendo un vinilo y ella le ponía alfabetos, números, índices, estadísticas, clima, color, lágrimas, dolor, montañas y aviones.   Miraba sus ojos negros escuchando mi mano y luego se metía en mis ojos.

El sol se iba.   La arena volaba con violencia y se pegaba en mis labios.  Pequeños granos se mesclaba en mi gusto con la sal que tenía en las comisuras y en las papilas.  Tragaba con un dolor cortante y salado.  Tendría que escupir.  Mesero?  No veo a nadie. Quiero otro Margarita por favor.   Me trajeron una espesa Piña Colada.   No era mi deseo cambiarla, se demoraría más de....

 -Veo Muerte!- Dijo la mujer hundiendo su uña en mi mano.

Mordí el pitillo de plástico y me quite los lentes negros para observarla a los ojos.  Luego mire mi mano para ver el lugar donde había hincado su uña.   Había una pequeña zanja que dividía la línea de la vida en dos y un trozo de esmalte negro se había desprendido y decoraba el pequeño surco.

Miré hacia la mesa de al frente, afanado por aquella noticia fatídica de me acechaba con proximidad.   Una muerte tibia que respiraba sobre mí cuello, abrazaba mis recuerdos.  Devoraría todo lo que fui.  Todo lo que soy.  Mi corazón en su mano negra.

-¿Por favor me trae otro  Margarita?-  le pedí al mesero casi de mala gana mientras me quitaba los lentes y buscaba el chico al final de la fila de toallas vacías.  Sin color y arrugadas.  Amontonadas y llenas de arena.  A esa hora no había colores ni pieles rutilantes. La arena golpeaba con más violencia. Encendí un cigarrillo con dificultad.  Al aspirar paladeaba el humo con gusto y satisfacción.  Lo disfrute como si fuera el último de la vida.

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