Fumando en la ventana con Lucia
A dejar de comer días enteros llenando el estómago con agua y sal de mis ojos.
Y el dolor se volvía eterno y paranoico, como de esos que no querían irse nunca, como de esos en el día de sol que me hacían arder los ojos para llorar de a poquitos cada vez que veía una pareja besándose.
Cada arrebato y cada síntoma, un cajón donde guardar esa memoria
Cada espacio, cada situación
Calles enteras venidas a menos a causa de tu presencia inmortal, enclavada en cada ángulo y cada color.
Y llorar
Dos o tres días
Y llorar un par de veces al día buscando alguna situación similar a la de la excusa del corazón cuando no estaba lloviendo o cuando era domingo y yo sin ti
O como cuando era de noche y no escuchaba tu respiración.
Y aprender a dormir en silencio, en una sola almohada sin presencia carnal, sin el sonido de tu voz dormida,
Y entonces había cosas que se iban memorizando
Sin saber
Iban borrando
Y aprendí a descubrir el olor de los dolores que se manifestaban debajo de la piel, enquistados por profunda memoria, una memoria pesada que se hundía y se hundía en el estómago y que sabía pesarse en el fondo y moverse y lastimar.
Y esos días solo, abandonado sin respuesta de vida, sin respiración sin contracción sin yugo.
Se volaban en el aire como una memoria vieja, una memoria marrón, gris, oblicua, sin puntas.
Una memoria como una cometa sin cola.
Un día, de esos días que uno se iba llenando de agua en el fondo de la bañera mirando la luz y sacando el sonido de la voz del pecho y hacia burbujas como si se ahogaran memorias
Y así y todo uno se iba desvistiendo de esa memoria
Que se disfrazaba de piel muerta cayendo y se quedaba en el camino olvidada, se volvía borrosa y sabia mal
No ese agridulce sabroso del principio si no un sabor viejo y muerto de tanto mascullarlo
Uno se olvida, sin compromiso y sin frase
Y uno se olvida de todo esa entrega amplia y comienza a respirar como estrenando pulmones y corazón.
Y se acuerda uno de como caminaba a solas bajo la lluvia y sin la mirada de nadie.
Los pies se llenan de calor y fuerza y es una sensación que sube hasta la piel de la nuca, quemándole a uno esa molestia insensata de buscar amarse con otro, esa sensación de caricia ajena, de piel tocando otra piel midiendo temperaturas con los dedos.
Y ya no dan ganas de quedarse solo para hablar.
No dan ganas de quedarse con ese extraño del que ya no hay nada en el corazón.



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