De mañana, en París.
Me quiero ir. Fue lo primero que pensé cuando empecé a escuchar la tos, las cucharas estrellándose contra el piso y salpicándolo todo. Escuchando el perro que todas las mañanas empieza a ladrar a las 9:05 AM de manera pausada y cautiva, aburrido por el lazo que lo mantiene preso viendo como se le escapa la gloria al otro lado de la reja de la ventana. Como mi ventana, una jaula que da hacia un parque verde, lleno de arboles mutilados por placer y un tanque de agua turbia y gatos muertos y sin ojos, un hervor y un placer de calor lo cubren cada día y sofocados por el humo de la marihuana que se fuman unos seres sin nombre, sin huella, sin futuro y sin rastro, ocultos bajo una gorra y conducidos por una bicicleta para niños. Un parque encerrado entre cuatro murallas, repletas de minúsculas ventanas.
Dejé de fumar hace rato peor tengo la pista en el labio y en un cenicero de plástico que tengo conmigo desde la adolescencia, pero no recuerdo cuando terminó ese periodo. Me aferré durante mucho tiempo, no quería dejar escapar ese exquisito sabor de vivir el momento sin sentido, sin furia, llevado por la corriente y arrastrado por las ruedas de Vanessa que me llevaba a donde fuera. A un infinito sin causa. Lo recuerdo todo y no guardo nada para después. Lo dejo todo aquí, en una cajita de cartón tubular que llené con tickets, mechones de pelo y cajas de cigarrillos llenas de estrellas de papel que aprendí a hacer en este temperamental clima de mi vida que ya pasó, que se va y se fue y se esfuma y me quedo quieto como cuando las olas se hacen espuma entre tus dedos, debajo de la arena del mar.
Me levanto con decisiones y decisiones, acumulo decisiones debajo de la cama y las saco como la revistas porno que escondía, las saco, las veo, las memorizó, me las meto en el cuerpo y las vuelvo a guardar, justo allí, debajo de la alfombra llena de tierra y de sudor viejo que me sirve para hacer abdominales. Me acuesto sobre ellas con placidez y me distraigo, me lleno de licor y me despejo y me acuesto sobre ellas, pero hoy están puntiagudas, se ponen puntiagudas cuando cae la tarde y se van afilando cada hora entre las tinieblas.
Es la última conclusión a la que llego, mirándome los pies, antes de meterme a la ducha para empezar a activar toda la maquinaria porque mañana me voy.



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