Joven, de noche.

Hoy lo odio todo. Con esa sensación del sin gusto que recorre mi garganta hasta llegar a la parte trasera de mi lengua. Sin sabor. Amargo. Y no es un día cualquiera. Es un día más que se aumenta a los días que se caen de mi piel, como escamas secas y curtidas y crugen para que guarde ese sonido eterno en mi mente y de nuevo suba la amargura por detras de mi lengua y se transforme en veneno.

Me levanté soñando con mariposas nocturnas que llenaban la habitación y se encondian entre la ropa, entre la sabana, dentro de las almohadas y cuando metía mis manos buscando calor, las aplastaba y sentía su biscosidad recorriendome los dedos y mojando mi rostro, una baba que se iba arrastrando hasta mis labios y se metía entre mis dientes. Y luego me miraban desde arriba y sentía nausea cuando los escuchaba murmurando entre ellos. Sentía nausea y miedo. Las mariposas me llenaban las manos de cadaveres y de viscosidad de nuevo. Queròa aferrarme el rostro con las dos manos y ocultarme de la vista de lo que me observaba. La angustia me inundaba con cada susurro que se apagaba con el batir de las alas de los bichos aplastandose violentamente, gordos, contra la pared y contra mi. Un chasquido tras otro y cerraba los ojos.

De nuevo un grito y todo estaba en calma. Un grito negro que se movía hacia la oscuridad que se volvía de ojos y de manos y apretaba mi garganta y aplastaba mi cuello y las mariposas aplastadas contra la espalda se movian con afán aranandome con sus patas. Las alas que se movian ente los poros y yo gritaba al vacio.

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