Temporada de suicidios

25 de julio del 2016 - Bilá

"Una mujer se arrojó desde el septimo piso de la torre Oasis, cayendo estrepitosamente sobre el café Guadalupe que en ese momento se encontraba completamente lleno. La caída de la suicida ocasionó la muerte de dos mujeres de avanzada edad e hirió de gravedad a 4 presentes más. La víctima trabajaba como administradora de una oficina de mercadeo digital y sensorial ubicada en el octavo piso. Este es el septimo suicidio en lo que va de la semana en ese lugar y ya se reportan estudios para clausurar y estudiar el edificio para averiguar qué es lo que ocurre allí".

Se llamaba Mariana. Era la secretaria o asistente administrativo de mi oficina. Tengo el recorte de periódico como un triunfo de mi renuncia. Fue como una señal, una epifanía. Habían ocurrido 6 suicidios más antes de que Antonia decidiera acabar su vida contra las sombrillas rosa del café del primer piso. Se supone que uno de ellos fue un accidente pues se especula que la chica trataba de tomarse una selfie con los gallinazos que anidaban cerca y a veces se paseaban por el edificio como si fueran mansas palomas (eran unas celebridades estas negras aves. Aun se pueden encontrar fotos de ellos en Instagram usando el hashtag #oasisdegallinazos).

Lo cierto es que los suicidios se estaban empezando a considerar una epidemia en la ciudad porque se repetían sin control y sin  un patrón que diera indicios o pistas sobre este hecho. La primera chica se había escapado de su horario laboral y la habían encontrado desangrada en uno de los baños para personas con movilidad reducida del piso septimo. Recuerdo lo emocionante que fue esta noticia. Era un martes oscuro y gris. Habían tareas atrasadas y reuniones de informes. Yo estaba tomando un tinto que parecía escurrido del trapo de una cocina cuando una de las diseñadoras entró gritando, y apestando a salsa de ajo, sobre el cuerpo que habían encontrado en el baño. El fresco cadaver tenía cinco heridas: dos en la fémoral de la pierna derecha, otras dos en las muñecas y y un profundo tajo en la garganta. La sangre había escapado de su cuerpo con tal afán y abundancia que alcanzó el pasillo interior y el baño de mujeres cisgénero.

El corazón delator del macabro hecho fue un monísimo pequeñín de 4 años  que jugaba afuera mientras esperaba a que su hermana saliera del baño. Había correteado por todo el lugar dejando un largo camino de huellitas rojas en el parqué del edificio. Su hermana había alertado a un guarda sobre la "marea roja" que salía de la puerta y al abrir encontraron a la desdichada diseñadora desangrada.

Algunos dijeron que fue por amor y despecho... obvio fue antes de que se dispararán este tipo de hechos en todo el globo. Pero... ¿Por qué hablo de esto en esta entrada cuando antes estaba hablando de mis ganas de escapar de Lucrecía?

Bueno, volviendo a la historia, a mi historia de "Norman, el creativo esposo que quiere escapar de su patética vida", la menciono porque el acto de Antonia cayendo sobre las sombrillas del café Guadalupe, representaba por completo mi cobardía... mi cobardía a renunciar.

Eso, cobardía era lo que sentía antes de conocer a Lucrecía. Antes de que los vasos de malteadas de Oreo y vainilla orgánica se estallaran con el peso de Antonia aplastando a las dos ancianas que tomaban capuccinos  con pandebonitos y manjarblanco, mientras sus nietos veían libros de wereverwero. Antes de que me dejara la barba y me tomara 3 cervezas diarias en un estado de extasis donde no quería hacer absolutamente nada por cobarde.

Me daba miedo llamar a preguntar por mis créditos y por qué mis cuotas aumentaban de tono. Tenía temor a enfermarme y tener que soportar una respuesta negativa en el servicio médico volviendo a casa en un taxi a punto de vomitar. Le tenía miedo a todo.

Entonces ese día. cuando Antonia se lanzó sentí un pequeño espacio en el pecho, una consideración de euforia. Quería salir corriendo y abrazar su grueso cadaver lleno de esquirlas de metal y madera para agradecerle a ese cuajo muerto por mostrarme la vida.
















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